Te odio. Te quiero. No sé qué sentir.
Llegaste a mi vida y cada vez que pienso que no estás… ahí apareces, como si nada. Este verano me dijiste algo que jamás imaginé escuchar de tu boca. Pero, la verdad, yo lo había deseado con cada rincón de mi espíritu, ese que hace negocios a escondidas con lo que callo.
Cuando te abriste, despertaste al ser que siempre había estado escondido. Y con el tiempo entendí que lo que siento por ti no ha cambiado. ¿Pero qué puedo hacer? Me da vergüenza volver con alguien que ya el mundo sabe que me falló. Y aun así lo superé .
Pero después me llegó el pensamiento: ¿qué pasa si me coges por boba de nuevo? ¿si vuelves a fallarme otra vez?
Mi corazón se paralizó. Lo traté de ignorar, pero tus palabras no me convencieron. Y el amor que siento por ti lo escondo, porque mi alma ya necesita protección.
Protección que debí darme hace mucho, pero la dejé libre, entregándose a cualquiera. Y volvió a casa destrozada. Hoy mi corazón se aguanta por hilos, hilos tan frágiles que no soportan más peso. Ese es mi miedo: que seas tú quien termine de romperlos.
Pero aun con ese miedo, sigo pensando en ti.
Te dije que quería ser tu amiga, pero fue mentira: yo me muero por ti. Jamás podría ser tu amiga cuando dentro de mí todo grita por más.
El problema es que no sé cómo darte más. ¿Cómo confiar en alguien que promete intentar otra vez, pero no hace nada para cambiar la fe que rompió?
Y aún así… yo te siento mío. Y ese “mío” me come por dentro.
Por eso sé que este sentimiento es mío, que es mi cárcel en la soledad. Y por eso me tengo que alejar.
Porque al final del día, nunca aman como yo amo.
