Advertencia: este texto no es para estómagos sensibles ni corazones cómodos.
La infidelidad.
Lo más cobarde que existe.
Yo soy fiel creyente de que, cuando alguien es infiel, hace dos cosas:
Primero, empieza el efecto dominó que termina destruyendo esa relación.
Segundo, demuestra lo que en verdad piensa de su pareja:
que no la respeta,
que no la ama,
y que lo que dice sentir es puro cuento.
Para mí, alguien que engaña nunca amó.
Porque cuando amas, no quieres hacerle daño a esa persona.
Ni mucho menos desear estar con otra.
Eso decía yo.
Eso sigo creyendo.
Pero hay algo que nunca dije.
Siempre conté que fui fiel en mis relaciones,
que si hubo infidelidad, fue por parte de ellos.
Y sí: mentí.
En mi primera relación seria,
fui infiel en la primera semana.
O eso es lo que pensé por años.
Porque, según la definición clásica, sí, lo fui.
Infidelidad es falta de lealtad.
Adulterio.
Actividad sexual fuera de la pareja.
Y eso fue lo que pasó.
Yo tenía 15 años.
Estábamos juntos hacía apenas unas semanas.
Una noche salimos al Viejo San Juan.
Se hizo tarde, él se fue.
Yo me quedé, ni sé por qué.
Decidí volver con un amigo. Por seguridad, por economía, porque estaba borracha.
Nos montamos en el Uber.
Recuerdo que el mundo me daba vueltas.
Me acosté en sus piernas.
Pensando que era un amigo.
Pensando que era seguro.
Me quedé dormida.
Me despertó su mano.
Tocándome por dentro.
Metiéndose en mí sin permiso.
No violentamente.
No con fuerza.
Solo… tocando.
Y yo, paralizada.
Me hice la dormida.
Esperé a llegar a casa.
No grité.
No reaccioné.
No hice nada.
Lo ignoré.
Me prometí no decirle a nadie.
Nunca.
Al día siguiente, me escribió:
“No le digas a nadie. No quiero que nuestras parejas se enteren.”
Yo le respondí:
“¿De qué tú hablas?”
Pero sí sabía.
Y me hice la loca.
Me alejé.
Pero como no dije nada, mis amistades no se alejaron de él.
Seguía viéndolo.
Y seguía actuando como si nada.
Por años no supe cómo nombrarlo.
¿Fui infiel?
¿Me violaron?
¿Fue culpa mía por acostarme en sus piernas?
No lloré.
No hablé.
No sentí.
Solo lo borré.
Hasta que, seis años después, lo entendí:
me violaron.
Y aunque todavía me cuesta usar esa palabra,
esa es la verdad.
Porque yo no di consentimiento.
Estaba dormida.
Estaba borracha.
Estaba inconsciente.
No quería.
Punto.
Lo que me confundía era cómo los medios retrataban la violación.
Siempre como algo violento, traumático, lleno de gritos y sangre.
Pero la mía fue silenciosa.
Sin moretones.
Sin golpes.
Solo incomodidad.
Solo confusión.
Solo un cuerpo invadido y una mente que no sabía qué hacer con eso.
Hoy entiendo que no reaccionar no te hace débil.
Que tener 15 años no es sinónimo de saberlo todo.
Que querer volver atrás y protegerte no es cobardía,
es amor propio.
Y lo que más me encabrona,
lo que más me quema por dentro,
es saber que él sigue su vida creyendo que “se comió el pollo”,
mientras yo me quedé con náuseas,
porque ese “pollo” me supo a trauma.
