Siempre me he preguntado por qué hay relaciones que se mantienen… cuando es obvio que son tóxicas.
¿Por qué hay tantas personas que prefieren quedarse infelices con alguien que claramente no es para ellas, cerrándose a la posibilidad de conocer a la persona correcta?
¿Cómo es posible que haya gente que sabe que su relación es polyamorosa unilateral, pero se hacen los ciegos para seguir creyendo que siguen siendo solo dos en la relación?
No me encaja.
No me cabe en la cabeza cómo tantas personas prefieren estar así.
Eso no es amor.
Eso no es felicidad.
Y me niego a creer que eso es lo que le toca a mi generación.
Que eso es lo que me toca a mí… por haber nacido en esta época.
Sin embargo…
Después de casi dos años de soltera, creo que los entiendo.
No lo quiero para mí, pero los entiendo.
Después de un año enfocada en mí, en reencontrarme con mi felicidad (que juraba perdida), decidí abrirme a ver qué había en el menú de hombres solteros.
Y déjame decirte algo: la comida está mala.
No es que desde el principio huela mal.
Pero tiene un aftertaste que te hace preguntarte por qué diablos decidiste sentarte a comer.
Primer plato:
Me emocioné.
Pensé: por fin, un hombre bueno.
Pero resultó demasiado obsesionado, casi desesperado.
Parecía que lo que buscaba era alguien que le quitara la depresión.
Y, mi amor, yo no soy un antidepresivo.
Segundo plato:
Esta vez, la obsesionada era yo.
O al menos eso parecía.
Me encontraba haciendo todos los movimientos, y eso… no va conmigo.
Encima, cuando ya había soltado ese plato, me llegó un postre sorpresa:
lleno de ETS.
Gracias al buen karma, no me lo comí.
Pero qué clase de susto.
Tercer plato:
Este me dio esperanza.
Ambos raros, personalidades similares, conexión real.
Pero su intensidad era tan fuerte que me ahogaba.
Llegó un punto en que me preguntaba si esto era real o una novela mal escrita.
Y para cerrar con broche de oro… llegaron críticas de otras que también comieron allí:
“Si comes mucho ahí, sales golpeada.”
Me fui corriendo sin pagar.
Cuarto plato:
Ni lo pedí ni lo quería, pero cuando te ponen comida al frente… a veces pruebas.
Error.
No solo tenía cualidades que no iban conmigo,
sino que intentó comer de mi plato sin permiso.
Muy intenso.
Bandera roja.
Tan roja como la sangre espesa del primer día de mi menstruación.
De esas que huelen a advertencia y saben a advertencia.
Sin pensarlo regrese la comida sin pensarlo.
Último plato (por ahora):
Un plato viejo.
De esos que uno no importa cuánto intente dejar… siempre vuelve.
Como si fuera tu favorito.
Ahora quiere ser mi plato exclusivo.
Pero yo no sé si quiero volver a comer algo que ya me dio food poisoning.
Mi situación ideal sería empezar desde cero.
Pero cuando veo lo que hay en el menú…
me dan ganas de hacer un ayuno emocional.
Y ahí es cuando entiendo a todos los que se quedan en relaciones tóxicas.
Porque lo que hay allá afuera a veces da más miedo.
¿Cómo es posible que no haya una persona que quiera construir en pareja con la misma dedicación que yo?
Alguien leal.
Honesto.
Considerado.
Que escuche en vez de juzgar.
Que me sume, no que me reste.
No es mucho pedir.
Pero en esta generación, pedir eso es más raro que encontrarse un unicornio comiendo mofongo en la plaza.
